Mostrando entradas con la etiqueta Rosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rosa. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de mayo de 2013

El mito

La RAE define al mito como:

  • Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Con frecuencia interpreta el origen del mundo o grandes acontecimientos de la humanidad.
  • Historia ficticia o personaje literario o artístico que condensa alguna realidad humana de significación universal.
  • Persona o cosa rodeada de extraordinaria estima.
  • Persona o cosa a las que se atribuyen cualidades o excelencias que no tienen, o bien una realidad de la que carecen.
Pero al hablar del mito como un habla, nos veremos envueltos en conflictos mucho mayores que los sugeridos por la Real Academia Española; para comprenderlo mejor, es preciso recurrir a "Mitologías" de Roland Barthes [disponible aquí], específicamente la segunda parte: el mito, hoy. Esta última parte se halla sintetizada en una presentación que puedes descargar aquí.

Rosa, Un Perro 

La historia del ojo. Bataille.


A modo de análisis semiótico de principiante:

Mi historia con “La historia del ojo” de Bataille.
 
Por razones ajenas a mi persona (en este caso, una tarea escolar) llegó a mí “La historia del ojo” por Georges Bataille. Publicada en la segunda década del siglo pasado y con sus escasas ochenta páginas, esta novela expone la historia del arcano personaje principal, del que nos es desconocido incluso su nombre. Con narración en primera persona, cuenta la inusual relación de tres chicos de dieciséis años: Simona, Marcela –según la traducción de Margo Glantz- y el secreto protagonista.

La figura principal (quien sencillamente se hace llamar “yo”) es un chico que disfruta de estrambóticas prácticas de corte sexual con sus dos compañeras. A lo largo del relato se describen encuentros que me resultan un tanto atípicos, muchos de ellos con imágenes recurrentes, como son los huevos; posteriormente trataré de explicar la razón.

Tuve la ¿fortuna? –no sé de qué otra palabra pudiera valerme- de recibir una breve explicación previa de lo que estaba por leer. De esta manera, me fue anticipado que tendría un amplio arsenal de “escenas sexuales” minuciosamente descritas (al punto de ser comparado con El Marqués y ser calificada como “novela erótica”); que estaría repleto de símbolos, que tendría relación con la teoría freudiana del psicoanálisis y con la corriente surrealista y que tenía un trasfondo mucho más profundo del que, en un primer momento, aparentase.

Ante ello, y en primer lugar, debo proferir que estoy en desacuerdo con la existencia de una similitud entre Bataille y el Marqués de Sade, pues a pesar de que ambos son explícitos en su descripción, el estilo del primero me parece muy plano y siempre constante, y su léxico, mucho menos rico. Además de que el segundo suele presentar cierto “encanto” en su narrativa.

Según la RAE –espero mi referencia no parezca demasiado pretenciosa-, el erotismo se refiere a la “exaltación del amor físico en el arte”, por lo que me parece inapropiado el calificativo de “erótica” que se le dio a la novela, pues me pareció lasciva, tal vez libidinosa, antes que sensual. Por otra parte, el erotismo se presenta como algún tipo de transgresión (sea real, sea a través de la imaginación). Pero aquí cabe preguntarnos ¿transgredir qué? No oso una respuesta terminante, pero me permito dejar a discusión las posibilidades: transgredir la moral, las “buenas costumbres”, o tal vez los límites y prohibiciones impuestos por la religión y otras instituciones en una sociedad burguesa.

Respecto al gran contenido de símbolos inmersos en este material, también me fue anticipado que la figura de los huevos y los testículos representaban mucho más que las imágenes que denotan. Así, es posible asociar estas figuras, como resulta explícito en algún momento de la historia, a nada menos que ojos. Éstos, a su vez, pueden hallar relación con las figuras abstractas de la observación, el saber y, por consiguiente, el poder: “saber es poder”. Y, dentro de la lógica de la cultura occidental, (la moral cristiana, más específicamente), quien tiene la facultad de ver y juzgar es Dios (un Dios omnisciente y omnipotente).

Dicho lo anterior, es fácil recordar todas aquellas circunstancias dentro de la novela, en que se hace un uso “blasfemo” de estos objetos, y pensar que, con ello, se quebranta y desafía cualquier tipo de autoridad que pueda haber en la iglesia; es decir, los personajes atribuyen este significante a los objetos y, con esa finalidad, lo mancillan.

Ahora, respecto a la teoría del psicoanálisis formulada por Freud, puedo observar que cada una de las identidades (ello, yo y superyó) planteadas en este ideario, toman forma en las tres figuras estelares de la historia. Siendo así, Simona, la impulsiva y excéntrica que sólo busca satisfacción inmediata, el ello; Marcela, la figura de la pulcritud y la moral, la que marca las pautas de “lo que es correcto y lo que no”, el superyó; y el inédito personaje central, que funge como intermediario entre ambos extremos, el yo.

En cuanto a la relación que la novela guarda con el surrealismo, corriente en que los sueños son la base de cualquier construcción artística y tal vez filosófica, sólo podría encontrar afín la idea de que, en los sueños, las ideas y el actuar de las personas es mítico, fantasioso y casi ilógico; lo mismo que sucede con fragmentos de la novela.

Ya planteado todo lo anterior, y a modo de comentarios muy personales, puedo externar que, aunque el material en cuestión es muy rico en cuanto a contenido semiótico y abunda en “juegos” de significado, me pareció realmente poco atractivo. Como objeto de análisis resulta interesante y muy explotable, pero como material literario (que es a lo que se reduce mi interés actualmente) me parece algo plano, repetitivo e incluso burdo.

Aun así, la lectura de este texto me pareció una práctica interesante, pero sobre todo, contribuyente a mi formación como comunicóloga; siendo un primer acercamiento a la elaboración de un análisis de contenido.

Rosa

De apocalipsis y Eco

Son realmete escasas y precarias las ocasiones en que he tenido algún acercamiento a Umberto Eco, a su trabajo, me refiero. No resulta sorprendente que mi encuentro con la obra de Eco no haya sido por interés propio o por simples vicisitudes de la vida, sino por deberes escolares... es más que entendible. Asimismo, tampoco debería sorprender el saber que fue mínima la fracción de los textos de Eco la que tuve oportunidad de conocer.

No quisiera entrar en digresiones, por ello, en primer lugar, aclaro que lo único que podría trabajar respecto a Umberto Eco, es la introducción a su libro "Apocalípticos e integrados". No creo que sea parte considerable de su obra, pero me es, por lo pronto, suficiente para abordar lo sustancial de este texto.

En primer lugar, el autor hace la aclaración de que la categorización en "apocalípticos" e "integrados" es insuficiente, a lo que me permito comentar que me parece realmente absurdo el hecho de generalizar, y me lo parece aún más, hacerlo en únicamente dos grupos totalmente opuestos y hasta cierto punto, incongruente. Para mí, "apocalipsis" e "integración" son palabras que no guardan una relación de antonimia.

Basta con continuar leyendo un par de páginas más para saber a lo que se refieren estos calificativos. Por un lado, están los apocalípticos, que serían los que muestran un repudio hacia la "cultura de masas"; y los integrados, aquellos que ven en la industria cultural, un avance antes que un retroceso. Es aquí donde me gustaría hacer una pausa para pensar más detenidamente en estas posturas y en si es posible, adoptar enteramente una.

Los apocalípticos podrían estar hablando de una "privatización de la cultura", lo cual resulta imposible, pues la cultura es algo inherente a la sociedad. No obstante, creo que estamos sino malentendiendo, sí difiriendo en cuanto a la construcción del concepto "cultura". Podría estar siendo entendida, como es mi caso, como todos los patrones de conducta, convivencia y modos de vida que adopta una sociedad; o bien, como -creo que- es entendida por los partidarios del apocalipsis, como el "conocimiento culto", es decir, hablar de literatura, música, pintura, etc. como si estuviesen dirigidos únicamete a personas letradas, doctas o refinadas que, según esta postura, serían los únicos capaces de entenderlo.

Podría ser que esta postura tuviera fundamentos correctos. Siendo así, ¿quiénes son esas personas dignas de recibir el conocimiento, y quiénes no lo son? Seguramente la elite en el poder sería la única con acceso a la cultura y la única, además, con jurisdicción sobre la distribución de la cultura... me aventuro a decir que se volvería una mafia y por ende, no sería un sistema funcional.

Los integrados, opuestamente, defienden esta difusión del "conocimiento culto" y lo hacen ver como una oportunidad de que, integrantes de las clases menos favorecidas, puedan tener acceso a materiales que, si no fuera gracias a los medios masivos de comunicación, les serían enteramente desconocidos. Bien es cierto que la reproducción desemboca en la popularización, la vulgarización, pero debieramos priorizar y decidir qué es lo más importante en ello: ¿respetar el valor de una obra o el hecho de estar educando a las masas populares a través de lo único a lo que es seguro que puedan acceder (los medios)?

Umberto Eco dice que hay que tomar una postura, yo difiero con él. No por el hecho de tener una posición, sino por la reductibilidad de la sociedad en dos bloques antagónicos. Aunque no esté de acuerdo, tampoco me es posible dar una respuesta cargada de verdad absoluta, pero me permito plantear la posibilidad de ubicarnos en un punto intermedio entre ambos y tratar de ser flexibles: escuchar, pero no creer todo lo que los medios ofertan; asimismo, ser críticos, pero también sugerir alternativas de solución.

Sé que puede parecer cuestión de sentido común y que habrá quienes difieran con mi perspectiva; por ello, el libro completo está disponible aquí.

Rosa

domingo, 7 de abril de 2013